Fue ya hace unos años que unos padres queríamos que nuestros hijos aprendieran informática. Pero no valía lo típico. Nosotros ya les habíamos enseñado lo que podíamos, Excel, Windows, un poco de internet… Y lo que les enseñaban en él cole desde luego no era lo que buscábamos. A veces venían de la clase de informática diciendo que les habían enseñado a “usar el pen drive” y otras veces ellos sabían más que el profesor.

Algunos de nosotros no éramos informáticos. Pero nuestra empresa si era de informática. A tu alrededor veías a gente que SI sabía de TECNOLOGÍA, así, con mayúsculas. Y tú que no sabías te dabas cuenta de lo limitado que estabas y lo que no querías era que tu hijos tuvieran las limitaciones, la frustración, que tienes tú con la tecnología. Y pensabas que en un futuro, el futuro de tus hijos, la importancia de la TECNOLOGÍA iba a ir a más. Cuando dentro de una década los niños de ahora salgan al mercado de trabajo habrá dos castas: la de los “bilingües tecnológicos” y la de los que “chapurrean la tecnología”. En el siglo XX nuestros padres dieron la batalla intentando que nosotros habláramos inglés. En el siglo XXI sus nietos tienen pelear también en el campo tecnológico para no quedarse atrás, como pasó en nuestra generación con los que estaban limitados por el inglés.

Así que intentamos buscar alguna cosa para formar a nuestros peques. Estábamos en Madrid y algo habría, aunque la verdad es que era complicado. Debía ser tecnológicamente avanzado, algo de programación o de sistemas, nada de “pierde tiempos” con el móvil. Pero también debía ser divertido. A fin de cuentas era una actividad que se iba a desarrollar en su tiempo libre, así que teníamos que seducir, no imponer. Tuvimos alguna experiencia en el mercado pero la experiencia no fue la que esperábamos. Dar clases a niños es complicado. Además de tener un nivel técnico muy alto hay que tener experiencia con los peques y la forma de darles clases a ellos es muy distinta a la de un adulto con experiencia en programador. Un analista-programador puede tener muchos conocimientos pero que el niño no se lo pasé tan bien. Pero a un profe de primaria puede faltarle base técnica para que lo que enseñe sea TECNOLOGÍA de verdad. Era complicado.

Después de mirar fuera y no encontrar decidimos mirar dentro. Como digo, nuestra empresa era de enseñanza de TECNOLOGÍA. Pero de la dura: certificados oficiales de programación y sistemas de Microsoft, de CISCO, SUN… Alrededor teníamos gente que sabía mucho, tanto de programación y sistemas como de dar clases. Sólo era cuestión de encontrar a alguien que además de ser bueno dando clases a programadores también pudiera hacerlo con niños. No era fácil, pero lo encontramos.

Después nos tocó investigar para diseñar un temario atractivo, que el profe investigara y se preparara las clases. La sorpresa fue muy agradable cuando descubrimos que, en Estados Unidos, esto que parecía una locura allí era algo a la orden del día. Y que había un montón de tecnologías maravillosas ya adaptadas para los niños.

Así que, armados con un gran profesor y unas tecnologías muy seductoras, ¡comenzamos las clases!. Eran los sábados por la mañana, en plan clases particulares. Puede parecer mentira, pero ¡era emocionante!. ¿Les gustaría a los niños? ¿Estarían contentos con el profesor?.  ¿Aprenderían de verdad?. ¿Habría valido la pena el esfuerzo y la ilusión de montar todo este circo?. La respuesta fue un gran SÍ. Es difícil explicar la satisfacción de ver el entusiasmo con el que te contaban lo que habían hecho en cada clase y lo contentos que salían, todos sonrisas y energía. Y lo orgulloso que te sentías cuando el profe te explicaba que hoy habían aprendido a manejar los una bifurcación y lo que es un servidor FTP. Y de repente la tecnología, de una forma natural, iba irrumpiendo en el día a día. Yo quería hacer un blog y era mi hijo el que me enseñaba cómo. O como un grupo de niños vendían limonada en la playa y se hacían su página web y sus tarjetas con su código QR. Y en vez hacer las presentaciones del cole en un power point que llevabas en un pen drive las hacían en un prezi en la nube y en vez de hacer un trabajo de cartulinas en historia se marcaban un videojuego interactivo. A ellos les molaba mucho, como les mola enseñar a sus amigos sus propias aplicaciones en el móvil. Pero si soy sincero, creo que a los padres nos molaba tanto o más que a ellos.

Pero claro, es que éramos padres raros y nuestros hijos debían de ser un frikis. O a lo mejor no era así.

Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando, sin buscarlo, vimos que había gente a nuestro alrededor que se acercaba al proyecto como las polillas atraídas por una luz. ¡Vaya, no éramos los únicos padres chiflados!. Y respecto a los niños… bueno, digamos sencillamente que la respuesta fue de un entusiasmo unánime. Incluso para sorpresa de algunos padres que decían que “esto está muy bien pero no creo que lo de la programación sea para mi hijo”. Y resultó que sí lo era.

Armados con esta buena experiencia decidimos hacer alguna prueba buscando nosotros a padres que pudieran estar interesados, en vez de limitarnos a esperar sentados a que aparecieran. Y de nuevo sorpresa agradable. Muchos de ellos nos decían: “llevábamos tiempo buscando algo así”. Así que no sólo no éramos los únicos sino que había muchos padres como nosotros. Vaya…

Aquello podía ser el germen un proyecto empresarial. Pero debía ser algo serio. Teníamos que ofrecer, ni más ni menos, lo mismo que buscábamos nosotros para nuestros hijos. No era fácil. Teníamos que combinar las tecnologías avanzadas adaptadas a niños más punteras, muchas de ellas traídas de Norteamérica, con profesorado que las conociera a fondo y que tuviera tanto una base tecnológica sólida como experiencia en la docencia y el trato con niños. Y de propina, la formación debía utilizar una metodología específica ya que enseñar programación a niños no tiene que ver mucho con enseñar otras cosas.

El único problema es que esos profesores no existían, al menos no en número suficiente. Así que hubo que formarlos. Desde cero. Seleccionamos a las personas con el perfil adecuado y dedicamos cinco meses a formarles y a investigar y diseñar los cursos. Y armados con ese equipo humano nos lanzamos al mercado. Pero para hacerlo bien aquello tenía que ser una empresa seria y organizada. No un chiringuito. No sólo había que cuidar las clases y la calidad de los profes. Se necesitaba un buen marketing, presencia en redes sociales, ventas, vigilar las finanzas… Pero eso era fácil, como ponerle el lazo al paquete. Lo importante es lo que está dentro y eso sabíamos que era bueno.

Esperamos que el envoltorio le guste. Y sobre todo, esperamos ilusionados que este proyecto contribuya a que sus hijos y los nuestros caminen por el siglo XXI con paso seguro y firme.

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